Adaptación

Estándar
Adaptación

Me encuentro sentado en un coche rumbo a la ciudadela Pachacutec, una población ubicada en Ventanilla, a varios kilómetros al norte de Lima, Perú. Los ánimos son buenos y mantengo una conversación llena de risas y bromas con la persona que me conduce hacia esta población. A medida que nos aproximamos me voy dando cuenta que el lugar a visitar es un asentamiento. Poco a poco el silencio gana la partida a las risas y el corazón se me encoje un poquito.

el asentamiento

Este asentamiento se produjo hace unos años por una oleada de personas venidas de diferentes lugares del Perú. Movidas por el hambre y el terrorismo ocuparon grandes arenales de la costa y se asentaron allí como bien pudieron. Mi vista no atisba a alcanzar el final de esta ciudadela en el horizonte. Observo las casas de esta gente, construidas con los materiales que han podido encontrar. Pedazos de madera y piedra, pedazos de tejados, pedazos de vida, una vida dura y trágica. El poblado parece que ya se termina y es entonces cuando vislumbro a lo lejos algo que no encaja en ese espacio con tanta miseria. Es la universidad laboral de Pachacutec. Uno de sus edificios es el relacionado con el instituto de cocina promocionado por Gastón Acurio, entre otros.

Allí está Rocío Heredia esperándome y mi corazón se desencoge y se llena de emoción y de alegría
escuchando sus explicaciones. Este es un sitio donde se da una oportunidad a los jóvenes sin ningún recurso ni esperanza, donde se les enseña las artes culinarias por profesores y cocineros que trabajan en diferentes restaurantes del Perú y no reciben retribución económica alguna, aunque sí que reciben la gran gratificación de ver la cara de satisfacción de estos jóvenes por estar
allí y estar aprendiendo. El seguimiento que se les hace es íntimo y les intentan preparar no solamente para la cocina sino también para la vida. Es conmovedor ver como Rocío habla de cada uno de ellos como si fueran sus hijos, preocupándose en todos los sentidos, con el objetivo de que algún día consigan encontrar su camino. Y así está sucediendo. Su plan de estudios muestra una
calidad y meticulosidad que hace que la gente graduada sea ya muy valorada.

Hablo con los chicos y chicas y me cuentan sus planes, sus ilusiones y sus inacabables ganas de aprender. Es emocionante observar sus caras de felicidad por tener esta oportunidad. Me despido de ellos y me siento en el coche. No hay palabras, necesito asimilar todo lo que he visto. Cierro los ojos y me dejo atrapar por un sopor dulce y cálido.

De repente me despierto y no estoy en el coche. Estoy en la cama de un hotel.  Llevo varios días en Nueva York. Tan solo era un sueño, un recuerdo pasado de mi estancia en Lima. Parece que mi mente no quiere olvidarse de algo tan lindo, algo tan gratificante como ver que la alta cocina puede tener una responsabilidad social hacia los más necesitados. Con esta idea en la cabeza salgo del hotel situado en la séptima avenida en Manhattan. Pero algo pasa.

Estupefacto miro a mi alrededor. Algo pasa, algo falla en esta ciudad. Noto que se me eriza el cabello de la nuca. Giro y giro para darme cuenta qué está fallando. La calle está desierta, no hay coches, no hay gente…una luz de potencia ilimitada estalla torrencialmente quemándome los ojos y atravesándome la piel. Aturdido ante la repentina claridad, me intento acostumbrar, cuando por fin vislumbro estupefacto lo que me rodea. Bajo un silencio sepulcral, una llanura sin vida se extiende más allá de donde atino a ver. Como si de mi propia carne se tratara, la tierra seca y pedregosa me habla de su tristeza y me hace sentir desdichado. Una lágrima resbala sobre mi rostro cayendo en la yerma tierra. Esta, se revuelve ante el consuelo brindado y con un estrepitoso temblor comienza a emanar sangre a borbotones. Asustado no sé qué hacer, pero antes de reponerme del asombro, un ruido extraño suena a mi espalda. Un enorme remolino acompañado de una omnímoda tormenta lo cubre todo y absorbe la llanura. Rápidamente, el centro eólico me alcanza y me alza desmembrando mi cuerpo, mostrándome la furia de los elementos. El ozono ataca mis fosas nasales y hace que mi lengua sepa a cobre. El torbellino me expulsa como un gato cansado ya de su presa y me lanza a las aguas de un inmenso lago, donde peso, y me hundo. Una sensación de purificación invade mi cuerpo a la vez que mis pulmones estallan y el medio estalla. Al final, la calma…

Me despierto sobresaltado. Estoy efectivamente en el hotel de Nueva York, pero todo era una pesadilla. Enormes ráfagas de lluvia y viento golpean las vidrieras de mi habitación. Es el huracán Irene. He sufrido una pesadilla dentro de un sueño. Mi mente sigue en Perú pero mi cuerpo está viviendo ya la maravillosa e intrépida vida de Nueva York. Es cuando uno intenta esforzarse a toda costa en adaptarse para que la mente acompañe al cuerpo.

Llevo ya unos días en esta ciudad pero apenas he podido estar con las dos personas que voy a ver en los próximos días: Matt Lightner y Dan Barber. Matt Lightner es un joven cocinero el cual empleó un año y medio en el restaurante Mugaritz y otra temporada en el Noma con René Redzepi. Cuando volvió a EE.UU. se instaló en Portland, Oregón y trabajó en el restaurante Castagna donde logró una gran notoriedad en muy poco tiempo. Hizo una cocina bella, sensible, trasladando el bosque al plato. El  año pasado ganó un premio importante situándole entre los diez mejores restauradores jóvenes de EEUU.  Es un chico que se ha inspirado en la filosofía que promulga Mugaritz. Pero es una incógnita para mí.  Se está instalando en el espacio en el que antes estaba el Compose, con el nuevo nombre, Atera, en el barrio adinerado de Tribeca, Manhattan.

Dan Barber es una persona muy importante en EE.UU. aunque sobre todo por su parte mediática. Sus restaurantes en Manhattan y Pocántico Hills parten de la familia Rockefeller.  Mantendré una entrevista con él en el Blue Hill at Stone Barns, unos kilómetros al norte de la ciudad de Nueva York. Os contaré.

¿La adaptación es una opción o una necesidad?

Os recomiendo que veáis el video. Los dibujos son de Murakami. Va por vosotros…

Anuncios

»

  1. Verdaderamente encoge el ánimo el pensar en las condiciones de vida que deben soportar en ese asentamiento-ciudadela de Pachacutec, sin embargo acciones como la de Gastón Acurio me reconcilian con la raza humana.
    Eso si es manera de aportar valor a la comunidad, implicándote y compartiendo conocimiento y experiencia para intentar marcar la diferencia y ayudar a esos chicos de ese ambiente tan deprimido a salir adelante, no dándoles un pescado, si no enseñándoles a pescar, no dándoles una palmadita de compasión en la espalda, si no una que les transmita confianza en ellos mismos.
    Como dice en la entrevista que linkas “la misión de nuestra generación es cambiar las cosas y generar riqueza para el futuro”, implicarse en persona de verdad y no limitarse a exigir a los gobernantes de turno que nos solucionen los problemas.
    Estuve viendo varios videos de Gastón y sobre gastronomía peruana y espero que a tu vuelta, nos ilustres sobre el tema y a ver si eres capaz de hacer un buen ceviche con pescado fresco del Cantábrico.
    Sobre tu etapa en EEUU ya comentaremos en siguientes entradas.
    Un abrazo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s